Rubén Vázquez Pérez
La gobernadora de Chihuahua, la panista Maru Campos, habría de llegar al Senado de la República, con un as bajo la manga, pero tendría que ser uno de verdad muy bueno, uno que si bien hasta el momento resulta inimaginable, le permitiera negociar al menos su libertad, toda vez que la gravedad de los hechos de que se le acusan, hacen prácticamente inevitable que se le enjuicie políticamente, se le separe del cargo, pierda el fuero constitucional del que aún disfruta y sea llevada a la justicia acusada de traición a la Patria.
Y una vez sin fuero, no tardaría en acumular una serie de acusaciones –que si duda integrarían un grueso y pesado expediente- que muy probablemente habría de aumentar su tiempo en prisión.
Como ha sido del dominio público, la gobernadora enfrenta ahora haber contravenido lo que disponen la Constitución General de la República y la Ley de Seguridad Nacional, en lo relativo a haber permitido el ingreso de agentes estadunidenses de la CIA para que participaran en un operativo contra cárteles del narcotráfico, algo para lo que no solicitó el permiso del Gobierno federal –como lo establece la Ley- y, así las cosas, constituye una clara violación de la soberanía nacional.
Rubén Vázquez Pérez
¿Será que verdaderamente ha sido una derrota política la aprobación del Plan B de la reforma electoral propuesta por la Presidenta Claudia Sheinbaum Pardo?
A la luz de los resultados, pareciera que si: los dirigentes de los partidos políticos conservan la discrecionalidad para que sean ellos, y nadie más, quienes a su entero arbitrio, designen a los candidatos plurinominales a los congresos.
Este solo hecho echa por tierra la promesa que la Mandataria –cuando candidata- hizo a varios sectores de sus votantes en el sentido de que las candidaturas plurinominales se decidieran mediante el voto popular, es decir, entre la ciudadanía, al margen de los líderes partidistas.
No sucedió y el hecho dejó en claro que la Presidenta enfrentó a uno de los poderes fácticos sobrevivientes del oscurantismo prianista, un tiempo en el que los plurinominales fueron esa especie de sumisos y eficientes operadores políticos y de negocios de la política que tan redituables resultan a dirigentes, familiares y allegados.
Y por lo que se ve, lo seguirán siendo.
Pero aquí puede decirse que como parte de ese poder fáctico sobreviviente está nada más y nada menos que el Partido de los Trabajadores (PT) y más específicamente su dirigente máximo, esa especie de Fidel Velázquez reloded: el senador Alberto Anaya Gutiérrez, quien hace y deshace en esa agrupación desde hace 36 años.
David Martín del Campo
Como somos superiores (arios, portadores del martillo de Thor), deberemos convencer –y conquistar– al resto del mundo. Fue la tesis que esgrimió el partido Nacional Socialista de los Trabajadores, Nazi, para lanzarse a ocupación de las naciones adyacentes… Austria, Checoeslovaquia, Polonia, Francia, Hungría, Rumanía, todo con el propósito de erigir el Tercer Imperio (Reich).
El ejército comandado por Adolfo Hitler logró sorprendentes éxitos en los primeros años del conflicto, 1940, 1941; después vendría la debacle, que duró hasta la ocupación de Berlín el 30 de abril de 1945. Lo demás, es historia.
Los marxistas afirman que la lucha de clases ha sido la clave del acontecer histórico: esclavos contra patricios, siervos contra patrones, proletarios contra hacendados. Ha sido la clave de algunos movimientos políticos fundados en la imposible reconciliación social. Sin embargo el acontecer reciente nos recuerda que otra interpretación, igualmente válida, es la de los imperios en pugna. Imperios que se han apoderado de la mitad del mundo, imponiendo su estatus, su religión, su idioma, y obligando al ineludible tributo, cuando no la cesión territorial. Así ocurrió con el imperio de Alejandro, la Roma del César, el imperio Otomano, la invasión mongola de Gengis Kahn, la expansión musulmana, el imperio de Carlos V (“donde nunca se ponía el sol”), el imperio británico, el japonés, ya no se diga la Europa soviética resultado de la II Guerra Mundial.
La reciente bravuconada de Donald Trump, advirtiendo que en algún momento se apoderará de Groenlandia, no hace sino confirmar la tesis que esgrimía Fidel Castro en cuanta tribuna se le presentaba. Su lucha, la de la pequeña Cuba socialista, era contra “el imperialismo norteamericano”, así cuando en lo personal disfrutase de beberse diariamente dos cocacolas.
Rubén Vázquez Pérez
Algo muy raro y, sobre todo, muy obscuro –por decir lo menos-, ocurre en el ámbito gubernamental del Estado de México, una entidad que Morena arrebató electoralmente al priísmo y que ahora gobierna, aunque, al parecer, con el enemigo adentro.
Cierto que, como bien se sabe, un mero cambio de gobierno no significa el fin de vicios y malos hábitos como demagogia, corrupción, simulación y complicidades. Y menos implica el arribo automático a una especie de Edén o paraíso, por más que algo como eso se quedara en el imaginario colectivo, tras una intensa campaña política de promesas de cambio.
En esa entidad tan cercana a la Ciudad de México se registran sucesos bien documentados y relatos cuyo denominador común es la impunidad, un concepto que inevitablemente involucra hechos delictivos y complicidades de servidores públicos.
Y por más que en su sexenio el ex Presidente Andrés Manuel López Obrador haya dicho hasta el cansancio que los gobiernos de la 4T no son iguales, que no son lo mismo que sus deshonestos predecesores, lo cierto es que se les parecen mucho.