Una perspectiva relacionada con la moral pública, afirma: “… las barreras que la moral imprime a los excesos de la sociedad y del gobierno mismo se deben a su fuerte resistencia para aceptarlos; en buena medida por el ambiente desinhibido y comercial de las relaciones políticas, económicas, culturales y sociales del mundo contemporáneo. Muchas veces, sino es que en la mayoría, cuando el Estado deja a su libre albedrio a las fuerzas sociales propicia que se desincorporen obligaciones que legitiman su existencia política y moral, dejando el barco a la inclemencia de los tiempos”. (Aguilar Hernández, Felipe: 2000; Moral Pública en los procesos de buen gobierno, Ed. Plaza y Valdez, México, p. 101)
Bajo esta perspectiva, resulta posible afirmar que 30 años de políticas neoliberales lograron que gradualmente se fuera debilitando el entramado moral, dando paso a alteraciones en las percepciones sociales ajenas a los valores democráticos y a una conciencia moral un tanto más virtuosa.
De esta manera si el saqueo se convirtió en una especie de deporte nacional, particularmente por parte de una clase política depredadora, insensible y capaz de llegar a la ignominia para enriquecerse a manos llenas, de disfrutar de lujos y canonjías de escándalo y, lo peor de todo, inculcando a la sociedad la certeza de que esta moral pública era propia no solo del mejor de los mundos posible, sino del único mundo posible.
La realidad que nos aqueja en materia de moral pública, no podrá revertirse en el corto plazo con la sola voluntad y prédicas del gobernante en turno, ni con la emisión de materiales impresos como la “Cartilla Moral”. Los hechos que se vienen suscitando indican que hace falta mucho más para lograr reconstruir esos hábitos y principios morales y una conciencia colectiva de honestidad, respeto, diálogo y tolerancia, dando cauce a los valores democráticos.
Desde la mirada crítica del filósofo Savater se considera que “…la sociedad es frecuentemente sublime, pero la masa es siempre abyecta, […] “la cobardía y la vesania del mastodonte policéfalo, su vocación apisonadora frente a las víctimas, la miseria moral comunitaria que se entusiasma con el hedor de sus propias heces, el cretinismo ufano de sus legitimaciones ideológicas” (Savater, Fernando: 2008, Mira por donde: autobiografía razonada, Ed. Puntos de Lectura, España)
Esta visión, no carente de veracidad, describe el comportamiento que asume un conglomerado humano en una movilización masiva, donde es fácil perder los referentes y asideros morales para incurrir en excesos que terminan por agraviar a terceros, sin que los integrantes de ese grupo sean capaces de reconocer sus faltas a la moral pública y actuando irreflexivamente, con el solo subterfugio de su endeble ideología o el interés de corto plazo que les justifica.
Puestos en el terreno filosófico y parafraseando a Ortega y Gasset, podría decirse que la moral pública es y se constituye a partir de sus circunstancias de modo que, de manera recurrente: “…Somos un conjunto incomprensible de poesía y prosa, de amor y odio, de fe y escepticismo; somos una mezcla extraña que emulsiona lo bueno y lo malo, donde fermentan las ideas contrarias que hacen estallar el rayo de luz que ilumina el cerebro en los instantes de duda, a semejanza del choque eléctrico que alumbra los espacios".
Luis Olea, autor de la última cita, nacido en Santiago de Chile, fue un militante obrero que participó activamente en las luchas de los trabajadores de las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX; oportuno pretexto para sugerir que no debemos concebir a los diversos conglomerados sociales como bloques monolíticos, puesto que siempre coexistirán diversas cosmovisiones y, con ellas, diversas también las nociones y percepciones de lo bueno y lo malo, que solo un verdadero Estado de Derecho podrá encauzar para alcanzar una convivencia social con al menos menores niveles de violencia.
Los retos que enfrentamos hoy día son muchos y harto complejos, y hay señales que indican que el nuevo régimen que se va perfilando no tiene respuestas claras a todas las problemáticas y eventualmente tampoco se han sabido formular las preguntas correctas. Se respiran aires de cambio, pero hay en el ambiente algo que huele a malas prácticas en el terreno de la política, de la economía, de la cultura y en general en todos los órdenes de la realidad social.
Parafraseando el discurso del gobierno en turno ante las afrentas de la CNTE cuando afirma que ante la cerrazón más diálogo y ante la intransigencia mayores dosis de diálogo. Urge que la crítica propositiva que se ha generado luego del arribo de MORENA al gobierno siga fortaleciéndose y, ante los dislates del gobierno en turno, una dosis mayor de critica fundada y ante la necedad o el empecinamiento mayores dosis de crítica, solo así podrá hacerse honor a quienes afirman la vigencia de la construcción social de la realidad, para ir configurando una sociedad más participativa y con ello el Estado Democrático de Derecho al que aspiramos.

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