Pero en el siglo XX el positivismo está caduco, aunque los gobiernos emanados de la Revolución Mexicana insisten en constreñirse a él. Entonces aparece Antonio Caso, quien entre el 25 de junio y el 13 de agosto de 1909, en siete noches memorables, el filósofo y catedrático dicta un ciclo de conferencias en el salón el Generalito de la Escuela Nacional Preparatoria, en el Antiguo Colegio de San Ildefonso, charlas que contribuyeron a liquidar “la vigencia del positivismo, doctrina oficial del antiguo régimen”.
Así lo afirma el crítico e historiador José Luis Martínez en el libro La literatura mexicana del siglo XX, la cual abrió “nuevos horizontes filosóficos” que instigaron la fundación del Ateneo de la Juventud (1909-1914), uno de los movimientos intelectuales de mayor trascendencia en México, y cuyo impulso, “con sus ideas, sus actos e invenciones” permitió asentar los pilares de la cultura mexicana contemporánea, según el dejó publicado, también, el escritor y poeta José Emilio Pacheco.
En el texto Ramos y yo. Un ensayo de valoración personal, Caso evoca con regocijo aquellos días de pugna y embates contra la hegemonía positivista: “provoqué la batalla y tuve la fortuna de triunfar en la contienda. (...) ¡Todavía hoy me complace el rumor de la lucha empeñada y lo indiscutible de la victoria que alcancé! Aquella campaña me conforta”.
“Hijo de una familia típica de fin de siglo” —cita por su lado la filósofa Rosa Krauze en su estudio La filosofía de Antonio Caso—, nació en la Ciudad de México el 19 de diciembre de 1883. Su madre era una mujer “profundamente católica” y su padre un ingeniero positivista y liberal:
“Soy un mexicano de pasiones serenas. Mi amor por la patria no me inspiró la profesión de político ni de soldado. Mi ideal fue el estudio, los libros, el arte, la filosofía”, decía de sí. En 1905 escribió el poema Canto a Juárez, premiado en una ceremonia en honor del prócer del liberalismo mexicano, y en 1906 concursó para obtener la cátedra de historia que había dejado vacante el maestro Justo Sierra en la Preparatoria Nacional.
No obtuvo el nombramiento, pero su elocuencia lo reveló como un hábil portador de la energía volcánica del verbo, sugestiva prenda de cambio que encaminó su ruta intelectual: “Es, sin duda, la palabra, el más amplio de los símbolos estéticos del pensamiento. Más que las formas esculturales o pictóricas, más aún que el sonido musical, la frase reproduce los variados matices del espíritu (...) gracias a ella, lo espiritual se materializa, lo indecible se define”.
Orador oficial de las fiestas patrias de 1906, hizo estudios en la Escuela Nacional de Jurisprudencia y se graduó en derecho en 1908. Dos años antes había empezado a formar parte de la revista Savia Moderna y se integró al grupo de jóvenes que más tarde, junto a Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes y José Vasconcelos, conformaron el aguerrido núcleo del Ateneo.
En 1913 participó en la fundación de la Universidad Popular y dirigió la Escuela de Altos Estudios. En 1915 publicó Problemas filosóficos y Filósofos y doctrinas morales, y fue elegido director de la Preparatoria.
La existencia como economía, desinterés y caridad (1919) es su libro más personal. Una obra que “perfila autobiográficamente su religiosidad cristiana”, anota Enrique Krauze en la semblanza Antonio Caso: el filósofo como héroe, y cuyo párrafo final resume su “espíritu misionero” y condensa su mensaje: “Lo que aquí se dice es sólo filosofía, y la filosofía es un interés de conocimiento. La caridad es acción. Ve y comete actos de caridad (...) Tu siglo es egoísta y perverso. Ama sin embargo a los hombres de tu siglo que parecen no saber ya amar, que sólo obran por hambre y codicia. El que hace un acto bueno sabe que existe lo sobrenatural. El que no lo hace no lo sabrá nunca. Todas las filosofías de los hombres de ciencia no valen ante la acción desinteresada de un hombre de bien”.
Caso defendió, también, “la libertad de cátedra y el pluralismo ideológico, luchó a favor de la autonomía universitaria y en contra de cualquier filosofía oficial”, asegura Rosa Krauze. Fue rector de la Universidad Nacional (1920, 1922-1923). Participó en la fundación de El Colegio Nacional en 1943 y fue miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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