“Navega, velero mío sin temor, que ni enemigo navío, ni tormenta ni bonanza, tu rumbo a torcer alcanza ni a sujetar tu valor”, nos hacían aprender en el salón escolar porque la copla de José Espronceda era obligatoria para cubrir la calificación de la materia de Español. Se paraba uno ante el pizarrón para arrancarse con la Canción del Pirata, que inicia: “Con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela, no corta el mar, sino vuela, un velero bergantín”.
Más que accidentes, verdaderas catástrofes navieras son las que sufrieron Rusia y Argentina en años recientes. Como se recordará, la explosión del submarino (K-141) “Kursk” en aguas del Mar de Barents, fue un escándalo a cuentagotas. En el otoño de 2000 la armada ex soviética participaba en maniobras navales cuando los radares registraron una tremenda explosión bajo el mar. Después se sabría: un torpedo estalló dentro del casco del submarino, ocasionando la muerte de sus 118 tripulantes.
El caso argentino es más reciente. El submarino ARA “San Juan” quedó destruido al depositarse en el talud oceánico, al norte de las islas Malvinas. Se supone que habrá perdido el control, quedando a expensas de la fuerza de gravedad que lo habrá depositado en el lecho marino a 907 metros de profundidad, luego de “implosionar” su estructura. Costó la vida de sus 44 tripulantes.
Las explicaciones que se han dado en torno al accidente del buque-escuela “Cuauhtémoc” son un tanto confusas. Que el capitán a cargo no debió hacer la maniobra en el punto más alto de la marea, que el motor quedó atascado en reversa y no pudo salvarse con un golpe de “todo avante”, que el remolcador que acompañaba la maniobra no remolcó puntualmente a la fragata mexicana… y así hasta el infinito, toda vez que, como asegura el capitán John A. Konrad, especialista de navegación postuaria, “en el mar los errores se pagan prontamente”.
Los accidentes ocurren. Sí, pero pueden ser previsibles. Si la máquina de la corbeta tenía un fallo, ¿por qué no se atendió puntualmente?. Si el remolcador “Charles MacAlister” no cumplió cabalmente su cometido, ¿debe su piloto ser sometido a un proceso penal por negligencia? Si la fragata-escuela debió permanecer amarrada al muelle durante la bajamar, ¿debe su capitán ser sometido a juicio marcial?
Decíamos de las veleidades marineras del expresidente López Portillo cuando, al concluir su mandato, decidió hacer un crucero alrededor del Mediterráneo acompañado por su segunda esposa, de apellidos Acimovic Popovic. Un capricho de viejo verde, como hay otros que se encaprichan con los trenecitos o los ranchos del Bajío.
Los cadetes del “Cuauhtémoc” deberán esperar a que los tres mástiles del navío (por cierto que de aluminio) sean reparados en el astillero naval de Brooklin para cumplir la travesía pendiente por Islandia, Noruega y San Petersburgo. Tiempo tendrán de aprender la estrofa completa de Espronceda: “¿Qué es mi barco? Mi tesoro. ¿Qué es mi Dios? La libertad. ¿Mi ley? ¡La fuerza y el viento!”, o lo que disponga Mr. Trump con sus aranceles.

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